Fecha: 26
-Septiembre-2009
Los concertistas salvajes
La música silenciada
Por Emilio Sánchez
Columna publicada en la edición de septiembre de la revista Music Life Magazine
Martes 11 de septiembre de 2001. Siete y media a. m. Instintivamente, busco iniciar la mañana con música. Aún somnoliento, trato de sintonizar la estación de costumbre. En donde se supone que tendría que estar sonando una canción de esas que ahora llaman Indie Rock encuentro en cambio noticias. No comprendo del todo. Bostezo. Creo que me he equivocado de botón. Me froto los ojos; me estiro. Pienso que además de la música necesito un café expreso para por fin despertar. Pruebo con un par de emisoras más. Los resultados son los mismos: una reverberación confusa, conductores de noticias que alarmados dan cuenta de un suceso que merece calificativos como terrible, apocalíptico, inimaginable. Capto palabras sueltas: avión, torres gemelas, Nueva York. Un pequeño golpe de adrenalina me recorre el cuerpo y elimina la somnolencia. Con asombro, como todo el continente americano, amanezco con la noticia de que un Boeing 767 de American Airlines se ha empotrado en la Torre número uno del World Trade Center, a las 8:46 (tiempo del Este de los Estados Unidos). Generalmente uno despierta para dejar atrás los malos sueños, pero aquella mañana la ecuación se produce a la inversa. Ceso en mi intento de escuchar alguna canción. Antes de salir de casa, aún tengo tiempo para darme un baño, desayunar y ver como un segundo avión se impacta en la Torre número dos. La música sigue ausente.
Siempre he creído que no existe peor augurio para el mundo que el hecho de que el silencio se apodere de él. Recuerdo mis novelas apocalípticas favoritas. En la gran mayoría de ellas la música es un placer que ya no está disponible para el género humano. Quizá la excepción es Soy Leyenda de Richard Matheson en la que Robert Neville, el personaje principal, conserva un generador eléctrico, una equipo de sonido y una colección de acetatos para sobrevivir en un mundo habitado exclusivamente por vampiros. Neville montado en una balsa de sonido en un mar de suburbios desolados. En aquellas historias, más que ingresar a las penumbras el planeta entra en silencio, un silencio que se vuelve sinónimo de la desintegración de la civilización.
Ocho años después, instalado en la recta final de la primera década de este siglo, recuerdo aquella frase de Emile Ciorán que dice “Todo parece miserable e inútil cuando la música enmudece” y pienso que es muy acertada para describir aquella mañana de septiembre en que las canciones y sinfonías quedaron silenciadas. Las estaciones de radio interrumpieron sus programaciones para relatar el acontecimiento que marcó nuestra verdadera entrada al siglo XXI.
Por varias horas la gente presencia atrapada en un loop que parece infinito las tomas presentadas por la televisión. El imperio sólo se ha tambaleado; sus piernas han flaqueado y por instantes, que parecen eternos, el vértigo se ha apoderado de él, pero sigue en pie a pesar de la conmoción, de la pérdida de uno de sus símbolos. Al paso de las horas, la música poco a poco vuelve a sonar. La BBC transmite el Adagio para cuerdas de Samuel Barber que se convierte así en la primera obra en rendir tributo a los fallecidos por los atentados del 11 de septiembre de 2001. Originalmente, la pieza formaba parte del Cuarteto para cuerdas No. 1, Op. 11 del compositor estadounidense. Sin embargo, muy pronto Barber percibió el profundo carácter dramático del Adagio y decidió arreglarlo como una obra independiente para diversas dotaciones, de las cuales la más conocida es su versión para orquesta de cuerdas. Arturo Toscanini estrenó dicha versión en enero de 1938 al frente de la NBC Symphony Orchestra. El tono solemne que posee la pieza explica el porque es muy probablemente la obra que más se ha utilizado para ser interpretada en funerales de diversas personalidades como el príncipe Rainier de Mónaco y Albert Einstein. En México, en 1994, después de que se anunciara el asesinato de Luis Donaldo Colosio, la composición de Barber fue interpretada ininterrumpidamente a lo largo de 24 horas por la emisora de servicio público Opus 94 (XHIMER). Así pues, resulta comprensible que el Adagio para cuerdas haya sido interpretado por la BBC como un tributo a los caídos en el atentado y, semanas después, nuevamente durante la primera ceremonia realizada en la llamada Zona Cero. Pero resulta una decisión más acertada si recordamos que el Adagio para cuerdas fue estrenado en Nueva York.
Los días transcurren lenta y dolorosamente para los habitantes de aquella ciudad que ahora tiene un hueco en las entrañas. Las estaciones de radio continúan con sus programaciones normales, pero algunos aún piensan que el silencio debe imponerse nuevamente (¿por respeto a los caídos?). Se rumora que el gobierno de los Estados Unidos elabora un listado de canciones que, por ningún motivo, deben sonar la televisión y en la radio pública de aquel país en aras de no exacerbar el recuerdo de aquella dolorosa mañana. Temas como Seek and Destroy de Metallica, Learn to Fly de los Foo Fighters, It’s the End of the World As We Know it de REM, Ruby Tuesday de los Rolling Stones y New York, New York de Fred Ebb y John Kander, pero inmortalizada por Frank Sinatra, desaparecen de las transmisiones. No hay duda, el gobierno de Bush, el mismo que fue incapaz de desactivar los atentados y alertar a la población del peligro que corría, ahora busca a toda costa proteger a sus lastimados nacionales evitando que tenga contacto con el dolor que produce una filosa estrofa de una canción pop.
Otros más piensan que lejos de callar lo que hay que hacer es cantar, recordar ese martes una y otra vez. Tory Amos, Leonard Cohen, Ministry y Paul McCartney, entre muchos otros, harán referencia en sus canciones a lo ocurrido. Bruce Springsteen dedicará buena parte de su nuevo disco <The Rising a recordar a los desaparecidos. Craig Armstrong y John Powel escriben bandas sonoras para que el silencio no se apodere otra vez de Nueva York (World Trade Center y United 93). La música de las palabras también da cuenta de lo sucedido. Escritores como Don DeLillo, Frédérich Beigbeder, Martin Amis y Paul Auster abordaran en mayor o menor medida el tema. Días después de ocurridos los atentados, una acaudalada familia neoyorkina que decide mantenerse en el anonimato comisiona la primera obra escrita expresamente para rendir tributo a los fallecidos el 11 de septiembre. John Adams es el encargado de escribir la música. El compositor estadounidense trabaja en ella durante el invierno y concluye la obra que la Filarmónica de Nueva York estrena el 19 de septiembre de 2002 en el Avery Fisher Hall de aquella ciudad. La pieza, escrita para orquesta, coro mixto y cinta es llamada On the Transmigration of Souls (Sobre la transmigración de las almas). Adams decide no utilizar palabras como memorial o réquiem para evitar caer en lugares comunes. La transmigración significa movimiento de un lugar a otro o de un estado a otro. Con su obra el compositor no ha pretendido hablar del paso de la vida a la muerte, sino reconfortar a los deudos refiriéndose al tránsito del alma del dolor por la pérdida a un estado de resignación que trascienda aquella dura experiencia. Adams ha querido construir un espacio para recordar, un espacio donde el escucha pueda estar a solas con sus pensamientos y emociones.
Ocho años después, a pesar de todo, la gente retiene en su memoria algo de la consternación producida ante la sinrazón que trasciende fronteras, sistemas y creencias; conserva ocultos entre recuerdos más recientes las dudas, las llamas, el acero retorcido, los cristales rotos y la imagen de gente lanzándose por las ventanas del World Trade Center. Un viernes ocho años después, elijo otra frase, de T. S. Elliot, aquella que dice “Tú eres la música mientras la música dura” (…you are the music while the music lasts). Quiero creer que el mundo continuará girando instalado en una enorme e invisible tornamesa mientras la música siga sonando. Amen.
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