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Fecha: 5 -Agosto-2009

Syrigma: El Ordinario de la Misa

Acompañe a Sor Beatriz Alceda O.I.C en un recorrido por la música sacra.


Cuando escuchamos hablar de “Misa”, inmediatamente viene a nuestra mente una asamblea cristiana reunida, celebrando, mediante ritos y cantos, los misterios de Dios. A lo largo de los siglos infinidad de compositores han echado a volar su imaginación y han musicalizado, en diferentes y muy variadas versiones cada una de las partes de la “Misa”, tanto las del ordinario como las diversas aclamaciones, momentos procesionales y demás partes de la liturgia Eucarística. En esta ocasión quiero referirme muy brevemente al “Ordinario de la Misa”, que son las partes que más frecuentemente podemos escuchar tanto en las Iglesias (siempre y cuando se tenga un buen equipo de músicos y cantores) como en las salas de concierto o en las estaciones radiofónicas.

La Misa como tal surge a partir de la llamada “Última Cena del Señor”, en la que algunos ritos y palabras tomados de la cena pascual judía se combinan con ritos y palabras totalmente novedosos que le dan el sabor cristiano a dicha Cena. Durante muchos años, después del acontecimiento de la Resurrección, los cristianos del siglo I d.C., se reunían para cumplir el mandato del Señor: “haced esto en memoria mía”. Al principio, estas “cenas” en memoria del Señor sólo eran eso, cenas en las que las los creyentes se reunían y el presbítero que encabezaba el ágape repetía las palabras pronunciadas por Jesucristo. A continuación todos consumían con sumo respeto el pan, que ya no era pan sino el Cuerpo del Señor y el vino, que ya no era vino, sino la Sangre del Señor. Además de ser un verdadero banquete, en el que todos participaban en compartir los alimentos, se hacía distribución equitativa de cuanto se ponía en común y se tenía una amena conversación en la que se recordaban algunos aspectos importantes de la vida de Jesucristo. Conforme van pasando los años a este tipo de “Cenas” se les fueron añadiendo oraciones y plegarias, la recitación de algunos salmos y la introducción de procesiones tanto al comienzo como al ofrecer los dones del pan y del vino. Al parecer hacia el siglo IV ya hay algo más o menos establecido que, aunque se van pronunciando las diferencias entre oriente y occidente, la esencia se sigue conservando: conmemorar la Cena del Señor. Y es por estas fechas en que se tiene noticia de la participación de una Schola Cantorum, es decir la Agrupación de los Cantantes. Ya para siglo VIII o IX se tienen datos de que por lo menos lo que hoy conocemos como el Ordinario de la Misa ya está establecido en todo Occidente y que a pesar de haber surgido como cantos propios de la Asamblea de los fieles es cantada en su mayoría por los presbíteros.

Sería muy largo explicar todo este proceso de evolución que tuvo la Misa y específicamente los cantos que en ella se ejecutan. El Ordinario de la Misa lo componen los siguientes cantos: Kyrie, Gloria, Sanctus con su respectivo Benedictus, y Agnus Déi. Podríamos incluir el Credo pero deliberadamente no lo anoté junto con los ya mencionados debido a que su inclusión definitiva al ordinario fue muy tardía, casi en el siglo XI. Cada una de estas partes cuenta con su propia historia y su muy peculiar evolución e inclusión en la Liturgia Eucarística. Ya en una ocasión habíamos abordado la historia del Agnus Dei, (www.clasicamexico.com/view_archivo.php?id=1&article=28 ) y por ahora solo nos centramos en el Ordinario en su conjunto aunque explicando muy brevemente cada una de sus partes. Los textos de estos cantos son fijos y estructuran la celebración de la misa porque van unidos a sus respectivos ritos. Por eso mismo se les llama “Ordinario” y debe ser lo más privilegiado en cada misa. De hecho la tradición de la Iglesia supo seleccionar de entre su vasto repertorio determinados cantos del Ordinario para los diversos tiempos litúrgicos y para sus múltiples fiestas.

Conozcamos ahora un poco acerca de cada uno de los elementos del Ordinario de la Misa:

Tenemos en primer lugar el Kyrie. Históricamente, el Kyrie parece que proviene de las oraciones de los fieles o peticiones que se hacían antes de la fracción del pan y que prácticamente desaparecieron de la misa quedando sólo la respuesta en forma de letanía que repetía el pueblo: Kyrie Eleison (Señor apiádate) y que posteriormente, aproximadamente en el siglo V, se le trasladó al comienzo de la celebración. De este proceso tenemos testimonio del papa Gregorio el Grande, alrededor del siglo VII. El Kyrie es como un grito de súplica que en cierta forma prolonga los ritos de entrada. Junto con el Gloria, el Kyrie fue probablemente de las primeras piezas sacras en que se introdujo la polifonía. En un principio fueron solo sencillas melodías que hasta hoy nos muestran su carácter litánico. Más tarde, estas melodías antiguas se fueron enriqueciendo y adornando con abundantes ‘melismas’ o melodías muy desarrolladas. Ya en el siglo IX quedó establecido el número de invocaciones-respuestas (en total nueve) con lo cual quedó como un canto mediante el cual los fieles aclaman al Señor e imploran su misericordia.

El caso del Gloria es diferente. El Gloria es un himno de alabanza que la Iglesia romana incorporó a la misa desde tiempos inmemoriales. En realidad es una de las más antiguas piezas de la liturgia (s. II) y fue concebida, al parecer, no para la misa sino para la conclusión de la oración matutina, las Laudes. Primeramente lo incorporaron los obispos a la misa de Navidad, hacia el siglo VI, por empezar con las palabras del cántico de los ángeles en Belén, y se extendió después a la Iglesia universal. El Gloria es una obra maestra de la prosa lírica y es de todas las piezas del ordinario junto con el Sanctus, la que reclama con más necesidad el canto, suponiendo por sí misma una expresión musical. En la liturgia romana, parece que el Gloria generalmente ha sido cantado por el coro de los clérigos rodeando el altar. En cuanto a la tradición musical, sucede lo mismo que con el Kyrie, el Gloria fue también de los primeros cantos del ordinario que se nos han transmitido polifónicamente y que adquirieron mayor importancia musical, como anotábamos más arriba. Por ser un texto muy rico admite muchos contrastes musicales desde lo solemne y pomposo hasta lo suplicante y expresivo.

En cuanto al Sanctus, aunque no lo parezca, es el canto principal de la mesa eucarística. Siempre se le ha concebido como un canto colectivo de toda la asamblea presente, clérigos y pueblo y sobrepasa a todas las demás piezas del Ordinario en dignidad e importancia. Su origen se remonta a la herencia judía y su texto podemos encontrarlo casi íntegro en la Biblia, el libro de Isaías 6, 3. Su primera inclusión en la Misa, testimoniada por Serapión, lo encontramos hacia el siglo IV, pero seguramente ya desde mucho antes figuraba en la liturgia, probablemente desde el siglo II. Muchas veces encontramos separado el Sanctus del Benedictus porque en la antigua liturgia eran dos cantos separados y era la forma de ejecutarse, pero actualmente son dos elementos enlazados de una misma pieza. Un dato que me resultó muy interesante fue que precisamente con el Sanctus comenzaron a incluirse los instrumentos en la Misa, especialmente el órgano que era considerado como un instrumento de uso pagano. El Sanctus es la pieza del Ordinario que durante más tiempo ha ofrecido resistencia a la evolución neumática y a la polifonía.

Para hablar un poco del Agnus Déi tomaré algunos textos del artículo antes mencionado. El ‘Agnus Déi’ es la última de las partes del ordinario de la misa y su historia se remonta al siglo VII. Al parecer el Papa Sergio I, de origen griego (687-701) quiso que el rito de la fracción del Pan fuera acompañado con algún canto por parte del pueblo y por el clero conjuntamente. Aun así, hacia finales del siglo VIII el Agnus Déi era cantado solamente por la Schola (es decir el coro) y a lo sumo se le permitía al pueblo cantar las respuestas de cada una de las partes. Como la fracción del Pan tenía una duración muy variada, durante ésta se cantaba el Agnus Déi las veces que fuera necesaria hasta haber concluido el rito. Hacia el XI, se limitó a tres el número de invocaciones y debido a las continuas alteraciones de la paz que sufrió ese siglo se cambió la respuesta de la tercera invocación que decía “miserere nobis” por las palabras “dona nobis pacem” (danos la paz) Exceptuando el Credo, el Agnus Déi fue la última de las aclamaciones incorporadas al común de la misa. Con esto podemos deducir que las melodías gregorianas que se conservan actualmente son en su mayoría entre los siglos XI y XVI. Al quedar establecidas el número de aclamaciones, las melodías fueron adquiriendo diferentes y muy variadas formas de ejecución. Con el correr de los siglos los músicos fueron haciendo uso de su imaginación y adaptaron el Agnus Déi y las demás partes del Ordinario a muy variadas formas y estilos de composición.

En general podemos encontrar todas estas piezas del Ordinario en las llamadas “Misas” compuestas por infinidad de músicos. Solemos conocer gran parte de la Misa en Si menor de J. S. Bach pero hay muchas otras que vale la pena mencionar. Primeramente tenemos una serie de misas gregorianas que son de un valor inmenso tanto por su historia como por su hermosura. Contamos con músicos del Renacimiento como Palestrina, Duarte Lobo, Hernando Franco y otros más que compusieron Misas para diversas celebraciones Además por otro lado tenemos por ejemplo la Misa de la Coronación de W. A. Mozart, que no sólo la escuchamos una que otra vez en la radio o en conciertos, sino que se le ha utilizado alguna vez en la liturgia eucarística actual. Está también la Misa de A. Vivaldi, la Misa a Santa Cecilia de F. J. Haydn, la Misa Solemnis en Re mayor de L. v. Beethoven, la Misa Solemnis de César Franck, la Berliner Messe de Arvo Pärt, la Misa de Leonard Bernstein y muchas otras más sin contar la cantidad casi innumerable de misas para difuntos como el Requiem del ya mencionado W. A. Mozart, el Requiem de G. Fauré, el Requiem de G. Verdi, etc., y las misas del canto gregoriano para difuntos. Gran cantidad de repertorio de todas las épocas y para todos los gustos…

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Columna publicada en la edición de septiembre de la revista Music Life Magazine
Martes 11 de septiembre de 2001. Siete y media a. m. Instintivamente, busco iniciar la mañana con música. Aún somnoliento, trato de sintonizar la estación de costumbre. En donde se supone que tendría que estar sonando una canción de esas que ahora llaman Indie Rock encuentro en cambio noticias. No comprendo del todo. Bostezo. Creo que me he equivocado de botón. Me froto los ojos; me estiro. Pienso que además de la música necesito un café expreso para por fin despertar. Pruebo con un par de emisoras más. Los resultados son los mismos: una reverberación confusa, conductores de noticias que alarmados dan cuenta de un suceso que merece calificativos como terrible, apocalíptico, inimaginable. Capto palabras sueltas: avión, torres gemelas, Nueva York. Un pequeño golpe de adrenalina me recorre el cuerpo y elimina la somnolencia. Con asombro, como todo el continente americano, amanezco con la noticia de que un Boeing 767 de American Airlines se ha empotrado en la Torre número uno del World Trade Center, a las 8:46 (tiempo del Este de los Estados Unidos). Generalmente uno despierta para dejar atrás los malos sueños, pero aquella mañana la ecuación se produce a la inversa. Ceso en mi intento de escuchar alguna canción. Antes de salir de casa, aún tengo tiempo para darme un baño, desayunar y ver como un segundo avión se impacta en la Torre número dos. La música sigue ausente.


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