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Fecha: 24 -Junio-2009

Los concertistas salvajes: plena consciencia

Por Emilio Sánchez


A veces, en noches como ésta en la que la que al amparo de un café escribo mi columna, trato de recordar cuál fue la primera música que escuché con plena consciencia. Dejo de teclear, miro el aro de luz que arroja la lámpara sobre el escritorio mientras mi viejo aparato Onkyo inunda el estudio con el tenue y sucio sonido de un viejo disco de Ella Fitzgerald. Trato de poner orden en la memoria y discernir sobre aquella primera melodía elegida, aquella que no fue producto de una exposición accidental, que no salió sin mayor remedio de un juguete, de las setenteras estaciones de amplitud modulada que acostumbraba mi madre, ni de las aburridas grabaciones de zarzuela que se escapaban como un rumor desde el despacho de mi padre.

Trato de recordar lo que debió haber sucedido hace más de tres décadas. Casi con toda seguridad debió tratarse de un acetato de 33 revoluciones perteneciente a mi papá. Hasta ahí terminan las certezas. En la casa en la que transcurrió mi infancia había discos y libros, quizá una cantidad considerable de ellos, aunque el número exacto es difícil de determinar, pues uno tiende a magnificar los recuerdos de la niñez y todo lo que tiene que ver con aquellos días parece poseer una esencia amplificada y pura. Todo parece tan grande: muebles y objetos cobran dimensiones sobrehumanas, el tiempo es infinito y la geografía personal (construida a partir de las pocas calles en las que uno se mueve cuando es niño) parece poseer fronteras infranqueables. Es probable que, después de todo, sólo fueran unas docenas de acetatos, algunas cuantas cintas contenidas en cajas de zapatos, unos pocos libros de Dashiell Hammett, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo y Julio Verne sembrados entre montones de ejemplares de viejas ediciones de Selecciones del Reader Digest y la revista Contenido. En todo caso, se trataba de la información justa para mantenerme ocupado e iniciar la consabida educación sentimental de cualquier niño lo suficientemente curioso como para ocupar el tiempo en algo más que la televisión, pero no menos introvertido como para preferir su pequeño universo interior a las calles. Ante todo, aquella colección era heterogénea, construida sin ningún sentido aparente, construida por un hombre común que pasaba diez o doce horas diarias trabajando para mantener a su familia y que carecía de falsas pretensiones de melómano y lector. En un maltratado librero de madera cohabitaban las sinfonías de Beethoven, al lado de discos de José Alfredo Jiménez, Javier Solís, los Beatles, Ray Coniff, Paul Anka y los Platters. Poco espacio para alguna joya extraordinaria.

A los cuatro años, yo ya pasaba muchas tardes desenfundando con absoluta decisión discos por el simple placer de escucharlos en una vieja consola Philco. Uno tras otro desfilaban por mis manos y oídos, y la tarde nunca era suficiente, y de a poco la penumbra se iba apoderando de la estancia hasta que mi madre encendía la luz y preguntaba si no me había ya aburrido de escuchar tanta música. Los recuerdos se confunden. Vagas imágenes de grabaciones de Nat King Cole, Credence Clear Water Revival, los Beach Boys y Frank Sinatra desfilan nebulosas como fotografías sin fijador. Eso es todo. Probablemente entre alguno de esos discos esté la primera melodía elegida. En el entendido de que haya sido yo en realidad quien la escogiera. Tal vez, en efecto, aquello que termina por moldear nuestra personalidad es en realidad producto de un simple accidente… o quizás no. En ocasiones suelo pensar que con la música sucede lo mismo que con los libros, con los amigos y las mujeres que amamos: uno tiene la falsa ilusión de que se les elige, pero quizá son estos afectos que nos esperan emboscados, a la vuelta de la esquina, bajo la falsa forma de un encuentro casual. Pienso en todos aquellos libros, discos, amistades y amores que me han marcado… todos inesperados, arrastrados a las costas de mi existencia por engranajes invisibles de los que nada comprendo.

Elegidos o no, en cuanto fui creciendo, poco a poco fueron llegando los primeros acetatos y cintas de mi propiedad, muchos de los cuales adquirí en supermercados que hoy ya ni siquiera existen. Siempre preferí los discos sobre los juguetes. Y mis padres generalmente accedieron a esos caprichos infantiles como una forma de recompensar mis buenas notas en la escuela primaria. Así fue como se conformó mi primera colección plagada de grabaciones de grupos que hoy suenan en las estaciones de catálogo y sólo me producen aburrimiento: bandas sesenteras y setenteras, rancios grupos de rock progresivo y new wave. Luego llegó la adolescencia y con ella la escuela preparatoria, abarrotada de otros muchachos que compartían la misma enfermedad que yo y que después descubriríamos tenía por nombre científico melomanía. Aún conservo entre aquellos que nos conocimos bajo el pretexto de la música a algunos de mis más entrañables amigos. Con ellos realicé la inolvidable primera visita al Tianguis del Chopo (en la que no compré un disco de rock sino uno del Kronos Quartet) y asistí a los primeros conciertos (Bob Dylan, The Cure, Depeche Mode, Peter Gabriel con todo y Sinead O’Connor, His Name is a Live, los Legendary Pink Dots, entre muchos otros). La colección aumentó merced a montones de cintas grabadas con pésima calidad, cintas que se intercambiaban hasta el cansancio y se copiaban una y otra vez, cintas que se escuchaban de principio a fin en aparatosos armatostes cuya única gracia era ser auto-reversibles. Cualquiera que tuviera 500 de ellas era digno de respeto, pero había quienes poseían 1,000 o, incluso, 1,500. Paulatinamente llegarían el disco compacto y el láser disc. La colección fue transitado por diversos formatos, algunos de ellos prácticamente ya extintos, hasta llegar al dvd y el audio comprimido. La radio hizo su parte: primero en la vieja banda de amplitud modulada, con su peculiar sonido monoaural, la estática repentina y los locutores cabineros. Después una época casi mítica de frecuencia modulada, una época en la que voces como Martín Hernández, Jordi Soler y Luis Gerardo Salas, entre muchos otros, compartían con miles de adolescentes y jóvenes la música que ellos mismos estaban descubriendo con emoción.

Alguna vez Roberto Bolaño dijo que para el escritor de verdad la única patria es su biblioteca, una biblioteca que pude estar en estanterías o dentro de la memoria. Fervientemente creo que lo mismo le ocurre al melómano. La totalidad de esas primeras cintas y muchos de los discos se han ido perdiendo en rupturas amorosas y mudanzas, pero aquellas grabaciones entrañables permanecen inalterables en mi memoria. Nunca olvidaré mi primer Miles Davis, mi primer Mahler, mi primer Steve Reich, mi primer Cocteau Twins o Red House Painters.

Pienso en la diversidad que siempre ha distinguido mis preferencias musicales. A lo largo de más de tres décadas, he transitado del rock de los años setenta y ochenta (escuchado nocturnas programaciones de extintas estaciones de amplitud modulada) a los añorados y caros discos importados de la 4AD (que llegaban a la Ciudad de México a cuentagotas durante los últimos años de la década de los 80), del pop de letras poéticas a la free impro, de las músicas populares como el bolero, el tango y la bosanova a los distintos periodos de la música culta, del beep bop y el cool jazz a los diversos géneros de la escena electrónica.

El disco de Ella Fitzgerald se ha terminado. Escucho el silencio. Transcurren largos segundos de quietud. Pienso en tomar otro acetato del librero e insertarlo en el plato del tornamesa. Pienso que quizá estas líneas suenen extrañas, casi incomprensibles para aquellos que nacieron en la época de la información digital, para aquellos que tienen diez mil discos registrados en la base de datos de su I tunes. Yo mismo tengo un disco duro externo de un Terabyte con más de 20 mil discos listos para sonar, pero aún sigo extrañando aquellos tiempos en los que si se quería terminar de escuchar la Segunda Sinfonía de Sibelius, había que levantarse del sillón, caminar hasta el tocadiscos y darle vuelta al ele pe. Me decido por una grabación de Charlie Parker, mientras la saco de la funda, aún sigo preguntándome cuál habrá sido el primer disco que elegí con plena consciencia.

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