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Posts Tagged ‘Nadia Boulanger’

La estética minimal: la música minimalista

Foto: Robert Benson/ Fuente: terryriley.net

Por Carlos Perón Cano

En primer término,  y en su ámbito más amplio, podemos considerar al minimal como toda aquella tendencia artística o comportamiento desnudado a lo esencial, despojado de elementos sobrantes; es en consecuencia la tendencia a reducir al mínimo exponente. Para ello se utilizan colores puros, elementos mínimos y básicos, formas geométricas simples y tejidos naturales.

En escultura, por ejemplo, destacan, en el transcurso de los años 50 del s.XX, artistas como Sol LeWitt y Carl André, que profesan la utilización de formas simples de cuadrados y cubos.

Como movimiento musical, el minimalismo surge en los Estados Unidos en los años 60 del s.XX. Catalogada como música experimental o downtown, se basa en armonías consonantes (tonalidad), en pulsos fijos y constantes, en la idea de estatismo y lentas transformaciones motívico-rítmicas; comenzó como un movimiento underground en los espacios alternativos de San Francisco, y de allí pasó rápidamente a New York. Con el tiempo, llegaría a ser uno de los estilos más influyentes del s.XX. Otro aspecto que le caracteriza es su rechazo total al serialismo integral europeo.

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Buenos Aires hora cero

Astor Piazzolla/ Fuente: www.musiclife.com.mx / Ilustración: Sam

Por Emilio Sánchez

Marzo otra vez. Volvemos a recordarte.Te echamos de menos: los que no te toleran y los que te idolatran. 89 hubieras cumplido si como Sabato hubieses sido longevo, pero hay gente que la vida se la bebe a borbotones.

Lefty te decían los irlandeses del barrio porque tenías buena zurda y arreglabas a puñetazos las diferencias. Y así, rengueando y todo, jugabas béisbol, nadabas, bailabas. A los 13 ya te habías cruzado con Gardel, le servías de intérprete en la urbe incomprensible y hasta hiciste tu debut cinematográfico cuando te invitó a aparecer en una secuencia de El día que me quieras. Fue en Nueva York, reposando en una anónima tienda de antigüedades, y no en Buenos Aires donde tu primer bandoneón te encontró.

Eras ya un muchacho cuando, con tus padres y hermanos, regresaste a la República Argentina, que entonces te parecía extraña. Tuviste que aprender de nuevo el idioma, las costumbres, habituarte a la comida. Pero el amor por el tango, ese -sin saberlo- nunca lo perdiste. Lo refrendaste aquella tarde en que en Mar del Plata escuchaste al Sexteto de Elvino Vardaro.

Un día, Miguel Caló, tocó en una confitería de la localidad. Sin saber cómo, te pasaste por la pensión donde se hospedaban los músicos y te largaste con ellos a Buenos Aires, con la bendición de tu padre, las lágrimas de tu madre y unos pesos en el bolsillo.

Noches en vela y días de pobreza, pero a los 20 ya tocabas el bandoneón en la orquesta de  Aníbal Troilo, la más grande del puerto. Pronto se te hizo poca cosa. Te aburriste como te hastiabas de todo. En los camerinos, mientras todos bebían caña, mate o hablaban de  grelas, escribías nuevos arreglos a viejas canciones, te ponías a jugar al contrapunto, injertabas fugas en los tangos. Aliviabas tu fastidio, destornillando el fuelle al bandoneón de los compañeros para que se les desarmara en medio de una milonga. Y entonces todos te querían partir la cara. Lo del bandoneón se perdonaba, pero lo de las fugas, lo de querer dejar al gordo Troilo para componer música clásica jamás. Renunciaste.

Te presentaste al premio Sevitzky y lo ganaste con tus Tres movimientos sinfónicos. Y porque eras así, se te antojó poner a conversar al arrabalero bandoneón con la elegante viola. Tres maestros tuviste: Nadia Boulanger, Ginastera y la ciudad de Buenos Aires con sus frías piezas de pensión, los cabarets, los cafetines, los viejos que caminaban por el puerto, los sonidos de las calles.

Tú, que con toda arrogancia te atrevías a decir que el tango era una cosa muy aburrida hasta que llegaste para revolucionarlo, en pleno 1968 -mientras el mundo se incendiaba- vendiste el auto con tal de estrenar María de Buenos Aires, tu operita que hablaba de grelas. Te ilusionaba que tu obra se escuchara en el año 2020 y tener un lugar en la historia con Gardel. Hoy eres el compositor latinoamericano más interpretado en el mundo.

Tus gustos eran pocos: la noche, las mujeres, cazar tiburones en Punta del Este. Porque  decías que mientras pudieras meterle el arpón al lomo de un escualo, había Piazzolla para rato. Así te alcanzó para escribir 3,000 piezas. Siempre fuiste un niño; te entusiasmabas cuando estrenabas un tango, un ensamble, una amante. Todas tenían su canción, al igual que tus perros, porque Mumuki no es nombre de mujer, sino como llamabas cariñosamente a una de tus mascotas.

A ti, Astor, te lo perdonamos todo: tu arrogancia y egoísmo, te perdonamos incluso que hayas aceptado cenar con el dinosaurio en su cueva, que hayas compartido el vino y el pan con Videla, en la Casa Rosada, mientras muchas madres buscaban los huesos de sus hijos sembrados por las montañas, valles y mares de Latinoamérica. Lo que no te disculpamos es que al silenciarse el bandoneón, nos hemos quedado frente al tiempo que antecede al alba, con el ladrido de los perros, el frío que cala y el sonido de las sirenas que inevitablemente nos recuerdan Buenos Aires a la hora cero, sin Piazzolla.

Publicada en la edición de marzo de 2010 de la revista Music Life Magazine.


Clásica México entrevista a Gilberto Munguía

Gilberto Munguia/ Fuente: www.festivalsma.com

El Festival de San Miguel de Allende llega a su edición número 16 y Emilio Sánchez tuvo la oportunidad de conversar con su director y fundador, el violonchelista Gilberto Munguía, que compartió con nuestros visitantes sus muy interesantes puntos de vista sobre la música de cámara, así como algunos momentos de su sólida trayectoria.

E. S.: En 1986, viajó a San Miguel de Allende, Guanajuato.; fue de vacaciones y se quedó a vivir. Un año después fundó un festival de música de cámara. Cuéntenos cómo fue el inicio..

G. M.: Fue culpa de mi esposa. Las esposas saben más que nosotros. Llegamos a San Miguel a las dos y media de la mañana y el chofer nos dejó en el mirador al lado de la casa de Pedro Vargas. Fue gracias a Pedro que llegamos a San Miguel. Pedro siempre nos decía vengan a San Miguel. Un año no nos invitó, pero de todos modos llegamos. Cuando íbamos entrando a la ciudad mi esposa me dijo: “yo quiero vivir aquí”. Yo le respondí que si estaba loca, que ni siquiera habíamos llegado. Pero gracias a Dios así fue.

E. S.: 16 ediciones en 21 años. ¿En qué momento se encuentra el Festival?

G. M.: Cuando hicimos el primer festival no fue con la idea de crear un festival que se realizara anualmente. Lo hice pensando en que iba a ser una sola edición. Le pusimos Festival de San Miguel por nombrarlo de alguna forma. Nos patrocinó Banamex. Nos fue muy bien. Los conciertos estuvieron llenos. Fue un acto de gratitud de nuestra parte porque nos gustaba estar en San Miguel. A las 6 semanas unos amigos trajeron de México a un señor Carlos Rodríguez Alday que estaba construyendo en San Miguel y nos edificó un teatro, el teatro Las Trojes que tiene una acústica perfecta. Después la mesa directiva decidió pasar la sede al Teatro Ángela Peralta que es más céntrico. Tuvimos 11 temporadas fantásticas. En la tercera edición AT &T nos patrocinó y se mantuvo como patrocinador por 7 años. Fueron unos años fabulosos para el Festival.

E. S.: Particularmente entre 1997 y 2002 fue un periodo largo en el que no hubo actividades ¿Cuál ha sido el momento más difícil para el festival? ¿En algún momento ha sentido que su continuidad esté en riesgo?

G. M.: En 1997 no tuvimos actividad por causa de fuerza mayor y por 6 años no hubo Festival. En 2002 hicimos una temporada pequeña. Nos fue muy mal. Se olvidaron de nosotros. No me quiero acordar. Pero en 2005 regresamos al Angela Peralta. Y en los siguientes dos años hemos crecido. Tenemos más público. Yo espero que en este 2008 sea mejor que el año pasado que nos fue muy bien.

E. S.: Siempre he dicho que para ser un músico de cámara se requiere de cierta valentía. ¿En el caso de un organizador, se requiere un cierto temple para poder dedicar tiempo a la logística de un evento como este?

G. M.: Es una pregunta muy interesante porque nunca había pensado en ello. A lo largo de los Festivales que he organizado, de las series de conciertos de música de cámara como la que tuve en San Francisco por 11 años… los participantes han sido todos solistas, y han estado dispuestos a trabajar, estudian el tiempo que sea necesario. No tenemos la presión de un sindicato. Estudiamos hasta que es necesario estudiar. En San Francisco tocábamos el concierto el domingo y el martes ya estábamos estudiando para el siguiente recital que era en un mes. Para mí ese es el encanto de la música de cámara, poder prepararla muy bien. Hay aficionados que se reúnen entre amigos por el placer de tocar este repertorio y tocan a primera vista como en una especie de jam session. Es un gozo tremendo. Pero para mí preparar un concierto es lo mejor. En estos últimos años no he tocado mucho, dos o tres obras en cada festival. Te confieso que ya para el 31 de diciembre me siento exhausto y pienso esto es muy cansado, que es mucho trabajo. Ya no lo vuelvo a hacer. Pero en la mañana del día primero ya estoy con el lápiz pensando en la programación del siguiente festival. Es como un virus. No te lo quitas.

E. S.: En el invierno de 1993 el Festival contó con la participación de Eduardo Mata. ¿Qué significó para usted trabajar con uno de los músicos mexicanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX?

G. M.: Para mí fue un súper músico, tan amable, tan directo. Recuerdo la última vez nos vimos… estábamos comiendo y la pareja de Eduardo me dijo “me gusta tu sombrero”. “Te lo regalo”, le dije. Se veía preciosa la mujer. Y al poco tiempo murieron. Lo que trajo al Festival fue una presencia importante y la participación de los Solistas de México. Recuerdo mucho el Concierto de Vivaldi para flauta piccolo… increíble y un Concierto de Brandeburgo muy especial. Ya habíamos hablado de su regreso al Festival, pero ya no fue posible.

E. S.: Generalmente el músico de cámara se tiene que hacer cargo de su carrera. Usted no sólo se ha hecho cargo de su carrera sino que ha tomado la responsabilidad, a través de las instituciones musicales que ha fundado de impulsar otras carreras. Alguna vez dijo -cuando fundó los Solistas de Cámara de San Francisco- que  usted sabía que si quería tocar con sus amigos tenía que organizar algunos conciertos. ¿Qué ha representado para usted asumir esa parte tan importante del trabajo musical?

G. M.: Es una combinación de talento. Cuando era estudiante, todos los días teníamos las clases durante el día. Y en la noche nos poníamos a tocar los cuartetos de Brahms. Cuando uno se hace profesional ya no existe esa disponibilidad de tiempo. Cuando llegué a San Francisco conocí a la concertino de la orquesta, una pianista fantástica, y tratamos de tocar tríos, pero nunca era posible. Así que le dije a mi esposa, que siempre ha sido amante de la música y fue una de las fundadoras de la Chamber Music Society de Lincoln Center, voy organizar algo. Así nació la idea de fundar los Chamber Soloists de San Francisco Lo comenté a una amiga que me dijo yo quiero estar en tu mesa directiva, aquí tienes mil dólares. Así comenzamos. Vendimos el Herbst Theatre que lo acababan de renovar . Nadie sabía quiénes eran los Chamber Soloists de San Francisco, a mí nadie me conocía porque acaba de llegar a la ciudad. Y sin tocar una sola nota vendimos los cuatro conciertos. Hicimos once temporadas. Y cuando clausuramos y me vengo a vivir a San Miguel de Allende, vengo a hacer lo mismo. Así que dime ¿qué es mi carrera violonchelista u organizador de festivales?

E. S.: Y qué es lo que tiene que sacrificar un músico en cuanto a su interpretación en pos de desarrollar este trabajo de organización?

No es sacrificio. Estudio todos los días pero ya no hago las decenas de conciertos que hacía cuando era más joven. Y a estas alturas sé muy bien que es lo que tengo que hacer para mantener mi técnica flexible. Y ya he hecho tantos años esto de organizar festivales que sé muy bien lo que se requiere. Guadalupe Lance, la directora administrativa del festival, está con nosotros desde el 95, hay asistentes… todavía hay estrés, hay que correr a veces, pero todos sabemos lo que se tiene que hacer. Eso lo hace más fácil. Eso y el placer.

E. S.: Una de las características principales del Festival es la diversidad, es decir el festival no suele estar dedicado a un compositor en particular, a una efeméride en específico, a un país… hay diversidad en los programas, en las dotaciones de instrumentos, en los músicos invitados. ¿Cuál diría usted que es la naturaleza de este Festival, lo que lo hace distinto a otras propuestas?

No sé si es distinto. Lo que trato de hacer cada año es diseñar programas que le den al público una amplia variedad de repertorio. Tenemos tres ensayos para cada obra que se toca. Por ello es necesario pensar en la dificultad de la obra. A veces me gustaría presentar obras como el Quinteto de Anton Webern, que es una obra magnífica, pero que requiere 5 ó 6 ensayos. No los podemos hacer. Tengo que ir con el repertorio más conocido, afín a los músicos que vienen. Como me dijo un pianista, he tocado tanto este Cuarteto en sol menor de Brahms, sólo dime como lo quieres a prisa o despacio, piano o forte.

E. S.: Una de las debilidades de la escena musical mexicana es que no se graba ni se distribuye suficiente música, en cambio me parece que una de las fortalezas que tenemos es que la escena musical es muy activa en cuanto a las presentaciones. El público mexicano tiene la posibilidad de asistir a muchos recitales, hay muchos conciertos, varios festivales. En la misma ciudad de San Miguel de Allende durante el verano se realiza un festival de música de cámara auspiciado por el INBA. En este sentido ¿ha sido difícil posicionar al festival que usted dirige, consolidarlo en el gusto del público y entre los diversos actores de la escena?

G. M.: Hay audiencia para los festivales. Está el Festival de Jazz en noviembre. Se ha fundado la sociedad Pro-música que trae solistas para tocar en la iglesia episcopal. Lo que programa la Casa de la cultura, lo que nos envía en Festival Cervantino. Hay mucha actividad musical. Me parece que es como una planta que se abona. Pones más música y sigue creciendo la audiencia. Nos hemos complementado.

E. S.: ¿Cómo ve el momento actual de la escena musical mexicana?

G. M.: La música siempre va a estar presente. Es lo que nos mantiene sanos y mentalmente activos. Si dejamos de escuchar música y nos comenzamos a preocupar por la guerra y por la crisis, y los asesinos y los terroristas y los problemas del mundo… entonces acabaríamos en un rincón de la cocina, tomando café.

E. S.: Tengo la impresión de que la gente involucrada en la escena musical, los intérpretes, los críticos, las autoridades, se esfuerza porque la música se mantenga en límites muy acotados y por lo tanto estrechos: me refiero a las salas de concierto, a las escuelas formales, a los medios especializados. Es decir, si la gente quiere escuchar música necesariamente tiene que acercarse a estos medios formales. Lo cual considero no es la mejor forma de construir nuevos públicos. Parece que nos da miedo que la música pierda su seriedad y que se vuelva “exitosa”. Usted ha sacado a la música de la sala de concierto, me refiero no sólo a su experiencia como anfitrión de programas de radio y televisión, sino a las charlas y conciertos que ha dado en foros inusuales como hospitales, en escuelas, en casas de retiro, en instalaciones militares, en centros comerciales, incluso en cárceles. ¿Por qué llevar la música e estos foros?

G. M.: Siempre he hecho lo que he querido hacer y lo que he podido hacer. No te puedo decir qué me impulso hacerlo mi primera serie de conciertos en Nueva York. Fui a un banco pedí un patrocinio y cuando me di cuenta me hablaron para decirme que iban a ofrecer 6 mil dólares para mis conciertos. Por tres años toqué en la cárcel, en fábricas, en el Ejército de salvación, en hospitales, en escuelas, en asilos y eso para mí fue una experiencia tremenda. Aprendí que no se necesitan condiciones especiales para tocar.

E. S.: Si tuviera una gran bolsa de dinero que le permitiera cumplir algún capricho, ¿existe algún músico al que le gustaría algún día invitar al festival?

G. M.: Hemos sido muy afortunados en traer a grandes solistas. Me encantaría invitar a Yo-Yo-Ma, a Pinchas Zukerman, a Joshua Bell, a Janos Starker (que ya no toca), al Emerson String Quartet. Por mucho tiempo traté de traer a Alicia de Larrocha, pero ya no se presenta, a Jorge Federico Osorio que por fin se me concedió y al Fine Arts Quartet que también están en esta edición.

E. S.: ¿Qué puede esperar el aficionado a la música para la edición de este año?

G. M.: 15 conciertos magníficos, conciertos de mucha dulzura e intimidad bonita, con artistas que aman la música y, especialmente, la música de cámara. Y la posibilidad de escuchar obras que no se han tocado en México antes como la Sonata de Kosenko que va a interpretar Thomas Hrynkiw y música maravillosa como el Quinteto de Mozart para clarinete y cuerdas K. 581, que Nadia Boulanger declaró como la obra más bella jamás escrita, y el Quinteto de Dohnanyi, que se interpretó el año pasado pero que mucha gente me pidió que se repitiera. Invito a los visitantes de Clásica México que se den una vuelta a San Miguel de Allende, disfruten la ciudad y de música muy bella con grandes intérpretes.