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José Wolffer, Director de fmx, habla de la programación de la edición 2010

Savion Glover / Fuente: www.festival.org.mx

Este año el Festival de México estrena siglas, nueva imagen y dedica su programación a conmemorar el Bicentenario de la gesta de Independencia en México. Como ya es tradicional, Emilio Sánchez, conversa con José Wolffer, director de fmx, sobre los detalles. He aquí los resultados:

E. S.: Tengo la impresión de que la edición 2010 debió ser una de las más complicadas de la historia reciente de fmx. ¿Cómo se dirige un festival en un año de crisis económica?

J. W.: Más que difícil, yo creo que en el contexto del Bicentenario, nos pareció que la manera más coherente de conmemorar esta fecha fue apostar por nuevas propuestas mediante una programación muy propositiva. Esta es una vocación que ha estado presente en el festival desde hace muchos años y que, de alguna manera, me ha tocado a mí acentuar. Lo más natural para nosotros fue brindar justamente a los nuevos proyectos mexicanos un espacio mayor al que hemos procurado en otras ediciones. Buscamos dar un espaldarazo a algunos de los artistas que nos parece están trabajando de manera interesante. Hay muchos. No podemos presentarlos a todos, pero hicimos una selección que nos parece equilibrada y bien ponderada. Incluimos nuevas producciones en el terreno de la ópera, el teatro, la música. Pero además intentamos darle un impulso adicional al trabajo de los artistas mexicanos. Por tal motivo, en una iniciativa que desarrollamos con la Comisión Europea, organizamos un foro de programadores, que se llevará a cabo del 15 al 21 de marzo, y que forma parte de un proyecto llamado “Arte al filo de la ciencia”, el mismo que hizo posible también la presentación en 2009 de las Percusiones de Estrasburgo y, este año, la presencia de Ars Electronica en México. La intención es recibir la visita de un contingente de programadores europeos, estadounidenses, latinoamericanos y de otras regiones, para que puedan ver prácticamente todas las nuevas producciones mexicanas que estamos presentando en el festival. Con esto queremos, en la medida de lo posible, fungir como promotores de las nuevas voces de las escenas mexicanas.

Ahora, es importante no perder de vista que si bien hay un énfasis muy especial sobre las nuevas propuestas mexicanas, como cada año mantenemos la vocación de presentar exponentes muy destacados de la escena internacional. En ese sentido la presencia de Brad Mehldau, Christoph Genz, los Boredoms, Savion Glover y Romeo Castellucci, por mencionar algunos artistas, creo que ofrece también un abanico muy interesante y nutrido de representantes de distintos quehaceres artísticos a nivel mundial.

E. S.: El foro busca alimentar también a los programadores mexicanos con la experiencia de otros países…

J. W.: Queremos propiciar el diálogo. Tenemos un par de mesas diseñadas para reflexionar y hablar sobre algunos temas que nos parecen importantes y que pueden enriquecernos a través de la perspectiva de programadores que trabajan en otros contextos. Viene gente del Festival de Otoño de París, del Festival de Teatro de Manizales, del Festival Internacional de Teatro Santiago A Mil de Chile, del Festival de Holanda, de distintas partes de Estados Unidos. Creo que si bien contamos con algunos mecanismos en México, queda mucho por hacer… sobre todo por lo que se refiere a concertar a las distintas instancias que apoyan la salida de artistas mexicanos. La intención es que dejemos de actuar como islas y nuestros esfuerzos formen parte de una política integral que a través de la coordinación y la comuniación de los distintos actores reditúe en una presencia mucho mayor en el exterior. Uno se da cuenta que en el terreno del teatro, la danza y la música con frecuencia la presencia de proyectos mexicanos en el extranjero es muy inferior a la que tienen países como Argentina, Colombia y Brasil. Por eso queremos, desde el marco del festival, propiciar la reflexión sobre lo que resta por realizar.

E. S.: La ópera ha tenido un papel importante en las actividades del festival desde hace algunas ediciones. Recordamos, por mencionar sólo un ejemplo reciente, la puesta en escena de Don Giovanni del año pasado. Este año fmx da un salto cuántico y presenta una obra contemporánea compuesta por una compositora mexicana que aborda la historia de un personaje de la cultura popular ligado al narcotráfico. ¿Cómo fue qué decidiste programar esta propuesta más arriesgada?

J. W.: Como dices se trata de un salto cuántico en relación con lo que presentamos el año pasado. Sin embargo, al asumir la dirección del festival me propuse que los proyectos operísticos que producimos conjuntamente con la Compañía Nacional de Ópera fueran exclusivamente estrenos en México. Fue el caso de Jenufa, es el caso de la obra de Gabriela Ortiz -que se presenta en su versión definitiva- y será el caso de los proyectos que vengan en el futuro.

Don Giovanni fue una excepción que se dio en el contexto de los 25 años, un guiño a la trayectoria anterior del festival y a los valores con los que empezó. Creo que en México hay mucho terreno operístico que no se ha explorado. Por eso decidimos presentar la ópera compuesta por Gabriela. Evidentemente hay un riesgo, pero es un riesgo hasta cierto punto medido porque ella tiene una trayectoria muy sólida en el terreno de la composición. Creo que los artistas necesitan y requieren nuevos espacios y los promotores tenemos que asumir esos riesgos. Me parece importante programar Únicamente la verdad por el hecho de que es una obra de un autora viva mexicana, de una compositora que pertenece a un medio que en buena medida sigue dominado por figuras masculinas. Se destaca también el trabajo de Rubén Ortiz que ensambló lo que podemos llamar el libreto aunque en realidad no es tal. Habría que precisar si Únicamente la verdad es o no una ópera en el sentido tradicional, pero eso es otro tema. La composición de Gabriela Ortiz está armada a partir de fuentes testimoniales tomadas de un programa en TV Azteca, una entrevista en La Jornada y lo publicado en Alarma, alrededor de esta figura muy misteriosa y poco difícil de asir, que es Camelia La Tejana. Existe la percepción de que la ópera está viviendo en su torre de marfil, separada de la cotidianidad que nos toca vivir  y no se ocupa de estos temas. En el momento en el que estamos, en que el narcotráfico y la manera en la que ha transformado este país está patente todos los días, me pareció también importante que con la presentación del proyecto levantáramos la mano y expresáramos que desde el terreno de la ópera y de la “cultura” también hay una reflexión sobre ese tema en particular.

E. S.: El festival ha sido particularmente sensible a presentar manifestaciones que tienen su origen en la cultura popular. Hace unos días algunos legisladores expresaron su intención de modificar las leyes mexicanas para castigar a quienes programen y difundan música que a juicio de los políticos hace apología del tráfico y consumo de enervantes. ¿Cuál sería tu postura ante este hecho?

J. W.: A todos nos atañe, a todos nos toca lo que está sucediendo. Nos preocupa sobremanera la forma en que el narcotráfico ha transformado este país y permeado a la sociedad mexicana. Es espeluznante leer lo que sucede en Ciudad Juárez, la violencia que impera, la manera en que se cobran las cuentas. Me parece una situación muy preocupante. En ningún momento pretenderé ser un apologista del narcotráfico. Pero si bien puedo entender que la iniciativa responde a una genuina preocupación por la presencia avasalladora de este problema, no estoy de acuerdo con la conclusión. No me parece que limitar la libertad de expresión vaya a ayudar a resolver una problemática que obedece a muchas causas y que está arraigada en muchos niveles. La ópera de Gabriela Ortiz es un proyecto que se trabajó con muchísima anticipación y se produce la coincidencia de que justo el momento en que la programamos se habla de poner esta iniciativa sobre la mesa. Estamos hablando aquí de un corrido, Camelia la Tejana, que data de los años setenta. Después son los Tigres del Norte quienes lo popularizan. Esto que está sucediendo es algo que permea toda la fibra de la sociedad. Sin ningún afán de apología, me parece especialmente importante que los creadores y los artistas también tengan un espacio para reflejar y responder al contexto del país. En muchas ocasiones los artistas son los primeros que sienten éstos efectos y que tienen además las herramientas y el entrenamiento para reflejar, a través de su trabajo, de manera más sensible lo que está sucediendo.

E. S.: Me imagino que al ser el director del festival tienes que ocuparte de tantos asuntos que paradójicamente te deja poco tiempo para disfrutar de los eventos. Pero si tuvieras que escoger uno, ¿cuál elegirías no perderte?

J. W.: Me cuesta mucho trabajo responder. Es una pregunta que me hacen con frecuencia. Creo que estaría yo haciendo un flaco favor a la gente si estuviera programando proyectos que no me parece que son relevantes. La visita de Brad Mehldau, por ejemplo, causa mucho revuelo. Sin embargo, otro proyecto que me parece también sumamente relevante, en algunos aspectos quizá incluso más importante que la visita de Mehldau, es presentar a tres jóvenes músicos mexicanos en el concierto que ofreceremos con la ayuda de un buen conocido tuyo: Horacio Franco. Ellos son Fabián Espinosa, Concepción Hernández y Ana Caridad Villeda. Me parece muy importante ofrecerle a estos muchachos un espacio en el marco del festival, para que se enfrenten a otro tipo de experiencia, a otro tipo de públicos y tengan un escaparate. Quizá el cocierto incluso les provoque algo de nerviosismo, pero los beneficia porque forma parte del desarrollo que deben seguir como intérpretes. Menciono también el caso de Angélica Castelló que toca la flauta de pico, al igual que Horacio, y que en el marco de Radar se presenta de una manera muy fresca, vinculándose con medios electrónicos.

Yo no me perdería nada, pero tendría que partirme en cuatro. Quizá por mi propia trayectoria, mi formación como músico clásico y porque es un mundo que conozco desde hace mucho tiempo, estaré especialmente atento en Le Poème Harmonique, en Brad Mehldau, en la ópera de Gabriela, en los recitales de lieder de Schumann. Pero estoy igualmente curioso de ver la propuesta de Ars Electronica, las proyecciones gigantescas en la fachada del MUAC, el estreno de una comisión a Iván Abreu, la puesta en escena de Castellucci, el trabajo de Juliana Faesler.

E. S.: Este trabajo en la formación de nuevos talentos me parece fundamental para construir las futuras programaciones del festival.

J. W.: Yo quisiera mantener esto como un espacio permanente. Creo que es fundamental continuar presentando a este tipo de jóvenes que, como bien dices, serán los que estén llevando la batuta de la interpretación musical clásica en los siguientes años. Es algo que comenzamos esta edición de manera ya muy explícita y que me interesa mantener como una línea continua en el futuro.

E. S.: Finalmente un festival es algo que se tiene que vender. Y afortunadamente esta idea es algo que cada vez nos espanta menos. De nada nos sirve tener la mejor programación si las salas están vacías y nadie va a tus espectáculos. Creo que el éxito de un festival comienza desde el hecho mismo de consolidarlo como marca y elegir el nombre adecuado en términos de recordación y de mercadotecnia. Estoy convencido de que un festival con un nombre kilométrico va a ser siempre más difícil de vender y promocionar. En ese sentido creo que en su momento la elección del nombre Radar: espacio de exploración sonora fue muy afortunada porque justamente cumple con estos requisitos que mencionamos. Ahora veo que también han empezado a trabajar en este aspecto con el nuevo logotipo y la adopción de la denominación fmx. Cuéntanos cómo ha sido este proceso.

J. W.: Creo que tú diste en el clavo de varias de las cosas que nos llevaron a hacer este cambio. Desde su inicio, el festival ha tenido distintos nombres. En su momento enunciarlo de cierta manera obedeció a un contexto. En 2003 se cambió el nombre de Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México -fíjate en las dimensiones- a Festival de México en el Centro Histórico. Desde entonces nuestro afán fue simplificarlo eventualmente a Festival de México. Era mucho más difícil trabajar con un nombre tan largo, tan descriptivo, que si bien era muy preciso en lo que enunciaba, era un poco difícil de manejar en términos de posicionamiento y de capacidad de recordación de la gente. Nos hacía falta una fórmula más breve, más concisa y acorde con la vocación de este festival para que la gente se pudiera referir a nosotros. Las siglas fmx a las que ahora lo asociamos tienen distintos niveles de lectura, de alguna manera es una síntesis del nombre del festival, nos vinculan muy claramente con el terreno de la tecnología, de internet, de la comunicación y creo que eso está reflejando de una manera bastante fidedigna la línea que ha seguido este festival. Nuestras criterios de programación han buscado ofrecer manifestaciones que me parecen fundamentales para entender el devenir cultural y artístico de este momento. Hemos estado muy pendientes de lo que en la vanguardia -aunque este término es muy discutible-. Lo que buscábamos con este cambio fue reflejar precisamente el espíritu del festival en un nombre más fácil de posicionar, en unas siglas que nos permitan darle a la gente una manera sumamente concisa para recordarnos. Aclaro que no perderemos el apellido de Centro Histórico. La capacidad de un festival de incidir sobre un espacio geográfico tiene mucho que ver con que sea un espacio circunscrito. Pretender ocupar con un festival una ciudad tan absolutamente gigantesca como ésta creo que sería imposible. Si bien tendremos cada vez más proyectos presentándose en otras partes del D. F., el Centro seguirá siendo nuestra base principal de operaciones y este compromiso se refleja muy claramente con la mudanza de nuestras oficinas que realizaremos al término de esta edición a nuestra nueva sede en República de Cuba 41-43, lo cual ha sido posible gracias al apoyo del Gobierno de la Ciudad.

E. S.: Me gustaría que me contaras cómo es el trabajo de un director del Festival de México unas semanas antes y durante su desarrollo.

J. W.: Va cambiando. El tipo de trabajo y tareas que tengo, y que tiene también el resto del equipo varían según la época del año. En muchas ocasiones el trabajo de preparación no solamente pasa inadvertido sino que resulta un poco arcano para la gente. Con frecuencia me preguntan ¿en verdad hace falta tanto tiempo para organizar un festival? Algunos proyectos como el de Ars Electronica se empiezan a platicar dos o tres años antes. Se requiere muchísima coordinación. Ahora estamos llegando a un momento en donde esa preparación está prácticamente cerrada; entramos netamente en la etapa de comunicación necesaria para dar a conocer lo que hemos programado y, en breve, entraremos en la etapa de operación en la que finalmente llevaremos a cabo todo eso que se ha diseñado, cocinado, discutido, analizado durante muchos meses. Para mí la etapa de comunicación me permiten dar un paso adelante. Es un punto de inflexión donde ya prácticamente todo está diseñado y ya cada quien sabe lo que tiene que hacer. Así que mi responsabilidad es mucho menor y tengo tiempo para considerar y retomar proyectos que estamos trabajando para posteriores ediciones del festival, cosas que sé me resultarán más difíciles de dar seguimiento en las próximas semanas. Entonces aprovecho para dejarlas ya más encaminadas y retomarlas al término del festival. A partir del 11 de marzo todo se vuelve muy vertiginoso: tenemos que estar en muchos frentes al mismo tiempo, suceden muchas cosas simultáneas, en la medida de lo posible yo no me quiero perder nada de lo que se está haciendo. Debo estar en contacto continuo con la gente de mi equipo y asegurarme de que las cosas sucedan como están planeadas. También tengo que fungir como anfitrión de la gente que nos visita.

E. S.: La faceta del programador de un festival involucra una cuestión de gusto personal tal como sucede en las estaciones de radio. Me parece que un buen programador es capaz de elegir la música que le gusta y a través de ella brindar a la audiencia la oportunidad de conocer nuevos compositores, intérpretes y ensambles. Sin embargo, también es capaz de programar artistas con los que no siente ninguna afinidad, pero que sabe son importantes. En tu caso, ¿cómo equilibras esta situación ?

J. W.: Creo que hasta cierto punto es inevitable que la trayectoria y subjetividad de cada uno se vea reflejada en ese trabajo. Finalmente uno tiene un punto de partida desde el cual observas y entiendes lo que sucede a tu alrededor. Este punto te condiciona y obedece a factores como tu formacion y trayectoria. Sin embargo, no se trata únicamente de programar lo que a mí me gusta. Evidentemente hay cosas que me parecen importantes y que en un análisis de un contexto más amplio merecen un sitio. No tienen que ser cosas que a mi personalmente me apasionen. Muchas de ellas lo son, pero no todas. Es necesario recordar el papel que desempeñamos como promotores -una palabra que creo está muy desgastada ya-,  somos una especie de pregonero. En esa ecuación, la presencia del público es fundamental. Nosotros fungimos simplemente como intermediarios, quienes presentan realmente los espectáculos son los artistas. Pretendemos ofrecer un panorama bastante completo que abarque distintas disciplinas. Nuestro propósito es reflejar parte del acontecer que está transformando la escena artística a nivel internacional. Yo puedo ser un apasionado del canto gregoriano, por decirte algo, pero no voy a programar una semana de canto llano en el marco del festival, porque no es el espacio para hacerlo. Hay una serie de líneas de programación que se atienden de manera continua, también se desarrolla un trabajo con asesores en distintos rubros: el teatro, la danza, las artes visuales; discutimos lo que nos parece importante. La programación responde a este análisis, a la vocación del festival, a la actualidad en México y el exterior, a qué artistas están realizando propuestas especialmente interesantes, a la forma en la que se están transformando las propias disciplinas. En algunas ocasiones hablar de géneros ya no tiene sentido. Cuando veas la ópera de Gabriela Ortiz me dirás si realmente te parece una ópera, si tenemos que inventarnos otra manera para referirnos a ella o si necesitamos despreocuparnos de estar etiquetando los géneros para luego tener que reetiquetarlos un poco más adelante. Todo este contexto y este análisis es lo que alimenta los criterios de programación. Como te comentaba al principio, no puedo poseer más que la mirada y el oído que tengo. Eso es la condición subjetiva que no puedo mas que ejercer, pero que está amparada por todos esos otros criterios que te comento.

E. S.: Desde la edición XXV del festival he notado una participación muy activa en la difusión a través de las redes sociales, un medio bastante eficaz y barato…

J. W.: Estamos en el tema desde hace un rato. Si bien ya habíamos empezado a usar este medio desde el año pasado, creo que es en esta edición del festival donde estamos dando el gran salto hacia adelante. Mencionas el costo, que eso es importante, pero hay una característica que me parece todavía más relevante: la horizontalidad. Cuándo el festival hace un spot de radio o coloca un cartel, determina claramente qué es lo que desea comunicar, sin embargo no sabemos cómo lo va a entender y a recibir el público realmente. Lo que una red social me permite claramente es poner algo sobre la mesa y enriquecerlo con los puntos de vista de todos los demás. Ha sido muy interesante, incluso en este trabajo previo al inicio del festival. En los mensajes que hemos emitido antes del arranque hemos podido ver los frutos de esta horizontalidad. La gente comenta. Se produce otro tipo de discusión que creo que es muy importante también. Además, como señalas muy bien, estas redes sociales tienen ya una presencia muy amplia y te permiten acceder de manera mucho más efectiva y directa a la audiencia a la que pretendes llegar.

E. S.: Si entiendo bien, una parte de tu trabajo es hacer rendir el presupuesto de la mejor manera posible, lograr que el dinero alcance para presentar la mayor cantidad de espectáculos sin sacrificar la calidad. Me imagino que esto implica un proceso de negociación con los artistas ¿Cómo haces para que te alcance mejor esa bolsa de dinero que nunca es suficiente?

J. W.: La posición que tomamos nosotros al invitar a un artista y al buscar las condiciones para que esta visita pueda producirse, primero involucra a mucha gente. Contamos con el apoyo no sólo de nuestros patrocinadores más visibles (Conaculta, las Secretarías de Cultura y Turismo del Gobierno de la Ciudad de México, la UNAM, Pepsi), sino de muchas embajadas que son un socio fundamental para hacer posible la presentación de los proyectos que nos interesan.

Lo primero que hacemos siempre es presentarle al artista el contexto. No los estamos invitando en el vacío, los estamos invitando a un festival con amplia trayectoria, sin fines de lucro y que ha contado con la participación de personalidades de gran importancia. Una vez que ellos entiende este contexto, empezamos a hablar de los términos concretos de la participación. Se empieza a dar el diálogo. Si estuviera en la posición de hacerlo, yo aconsejaría o a la gente joven que está comenzando a promoverse y a buscar presentaciones valorar justamente su trabajo. Deben entender los contextos. Queremos ofrecer actividades en condiciones dignas. Y trabajamos evidentemente dentro de un límite presupuestal. Entonces, creo que otorgar el justo valor al trabajo requiere también de una cierta dosis de conciencia ¿qué representa mi trabajo en comparación con el realizado por gente que lleva quince, veinte, treinta años trabajando? ¿de qué manera me sitúo yo en ese marco?

E. S.: Como siempre, me gusta cerrar estas charlas contigo preguntándote ¿qué estás escuchando, qué traes en el iPod?, porque eso suele revelar parte de la programación del año próximo

J. W.: (Ríe) ¿Qué estoy escuchando, Emilio? Estoy escuchando mucho a la mal llamada Segunda Escuela Vienesa: Berg, Webern, Schoenberg, que supongo que algo podría formar parte del programa de 2011; estoy escuchando a un exponente de slam poetry francés que se llama Grand Corps Malade, Gran Cuerpo Enfermo. Por alguna razón he estado escuchando mucho las últimas sonatas de Beethoven; también algo que ya se presentó en el marco del festival, pero cuya la línea habrá que seguir explorando en el futuro. Me refiero a Enrique Morente. Su trabajo Omega con el grupo de rock Lagartija Nick, me sigue pareciendo de lo mejor que he escuchado en el ámbito del flamenco. Este género ha tenido la capacidad de vincularse (en algunos casos más afortunados que en otros) con nuevas tendencias y esferas musicales, y esto de alguna manera lo está manteniendo vivo y vigente.

E. S.: Por último, ¿quieres realizar una invitación a los amigos de Clásica México para asistir al festival?

J. W.: El festival ofrece un recorrido con muchos puntos de interés: desde la música clásica que sé que es un tema que tenemos en común tú y yo, el arte electrónico, el mundo tan particular escénico de Castellucci… Creo que escuchar un ensamble como Le Poème Harmonique haciendo Couperin en la Catedral va a ser una experiencia importante. Por cierto en ese concierto presentaremos el trabajo de restauración del lienzo en el Salón de Cabildos de la Catedral que estuvo cerrado mucho tiempo. Yo tengo una debilidad especial por los Lieder de Schumann, en 2010 se cumplen los 200 años de su nacimiento y creo que los Lieder, de alguna manera, son como la quintaesencia de su labor composicional. Genz y Herrmann van a hacer un estupendo concierto. Creo que el trabajo que ha hecho Brad Mehldau ha sido fundamental. Será interesante también escuchar la cumbia reflejada no solamente en la ópera de Gabriela Ortiz, sino a través de Bomba Estéreo, el grupo que viene de Colombia. Tengo mucha curiosidad de transitar por esos espacios de arte electrónico que estamos generando, poder ver esta intervención en la fachada del MUAC en la UNAM. Los invito a todos a disfrutar de la programación de fmx.