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Autobiografía de un violoncello

Álvaro Bitrán/ Foto: Sergio Yazbek / Fuente: www.cuartetolatinoamericano.com

Por Álvaro Bitrán

Nací en 1817 en un ambiente muy aristocrático.

Incluso diría que imperial, ya que mi constructor, de nombre Martin Stoss, era el luthier encargado de hacer y reparar los instrumentos de cuerda del imperio Austro-Húngaro.

De eso obviamente ya no me acuerdo, pero aún conservo el águila imperial tatuada en mis entrañas junto con la leyenda “ Kaiserlich Konoglicher Geigen und Laudenmacher”.

También me han dicho que pertenecí por muchos años a la orquesta que dirigía L. V. Beethoven.

Esos años orquestales sí los recuerdo, aunque vagamente. Se mezclan en mi memoria lujosos salones aristocráticos vieneses con noches lluviosas de invierno. Conservo también algunos recuerdos borrosos pero placenteros de magníficas fiestas veraniegas en palacios opulentos, plenos de valses, vino y “sachertorte”.

Pero esos tiempos fueron también de mucha guerra, sangre y terror. Con frecuencia se suspendían los conciertos al sonido del primer cañonazo, y más de una vez estuve a punto de ser consumido por alguno de los múltiples incendios que ocasionaban las incursiones de las tropas francesas. En una ocasión salimos corriendo por la puerta trasera del teatro, y escondido bajo el brazo de mi dueño huímos en una crujiente carroza por las calles empedradas. Pero fui feliz en la orquesta de Viena, la capital cultural de Europa en esos tiempos, y mas aún rodeado de tantos instrumentos bellos, “hermanos” mios salidos del mismo taller.

Durante la primera mitad de mi vida no hice mas que tocar música orquestal.Me acostumbré al equilibrio de la música germánica, a ese balance entre forma y fondo que tanto obsesionaba a mis coterráneos. Estrené varias de las sinfonías de Beethoven, que causaban furor por su aire revolucionario y definitivamente romántico. Pero también pude gozar con la levedad del espíritu Schubertiano y con el sufrimiento profundo de las sinfonías de Brahms, en las que incluso los temas mas alegres me parecían llenos de melancolía y soledad.


Y cada año, para refrescar un poco el alma, llegaba la temporada de ópera, llena de música italiana. Si bien a mi casi siempre me tocaban los acompañamientos, nunca dejé de asombrarme de la inventiva melódica de Puccini, Verdi y Rossini. Y cuando me tocaba alguna melodía… qué deleite! Cómo olvidar el tercer acto de Tosca, con ese magnífico cuarteto de violoncellos! O las melodías entrañables de La Traviata!

Pocas veces tocábamos música francesa, ya que el público vienes no era muy adepto a esas armonías tan extrañas pero a la vez seductoras y modernas. Especialmente las obras de Ravel y Debussy, que con su aroma oriental nos parecían a la vez arcaicas y desconcertantes.

Qué universo tan diferente encerraban esos acordes!

Pero el segundo siglo de mi vida me deparaba un cambio radical. Y esto sucedió precisamente sucedió en mi cumpleaños 117.

De ser parte de una orquesta, pasé a ser miembro de un cuarteto de cuerdas, gracias al cellista Franz Kvarda, quien fundó en Austria el Viena Konzerthaus Quartet en 1934.

El cuarteto de cuerdas era tan diferente a la orquesta! Aquí solo importaban las ideas, no había lugar para grandes platillazos o fanfarrias de trompetas. 
Y las obras de estos grandes maestros europeos … insuperables!

Además ese diálogo inteligente entre cuatro instrumentos me pareció fascinante, y por primera vez comenzé a apreciar las infinitas posibilidades que mi sonido podia ofrecer.

Y como si esto fuese poco, por primera vez supe lo que era una grabación. Fue emocionante escuchar mi propia voz capturada de manera misteriosa por un micrófono. Hasta el día de hoy me sigue pareciendo mágico e incomprensible que gracias a esta tecnología el alma de un ser humano pueda sobrevivir mucho tiempo después de su muerte!

Pocos saben que fuimos los primeros en grabar muchos de los cuartetos de Haydn, Schubert, Mozart, Beethoven y Brahms….que música tan genial!

Esas grabaciones, que aún existen, he podido volverlas a oír recientemente, y me vuelvo a emocionar con las interpretaciones elegantes de Herr Kvarda.

Pero una vez mas la guerra aparecería en mi destino, y una fría noche de noviembre, salimos hacia Marsella, en el inicio de un viaje que habría de cambiar radicalmente mi vida.

Después de muchos días y noches de trenes y barco, llegamos finalmente a Chicago, donde fui abandonado un gélido diciembre en una tienda de instrumentos.

Pasé un triste tiempo ahí invernando y en reparaciones, hasta que por fin apareció mi comprador!

Era un distinguido violoncellista holandés llamado Franz Friedler, quien me sacó de esa fría ciudad y me subió por vez primera a un avión, para llevarme a un lugar tan lejano como húmedo llamado Cuernavaca.

Franz era un exitoso industrial, de unos ochenta años, que dedicaba sus fines de semana a hacer música de cámara entre amigos en su hermosísima mansion. Esas Musikabend en las que abundaban la comida, bebida y risas, se prolongaban hasta altas horas de la noche.

Y ahí fue donde conocí a mi siguiente dueño: Alvaro Bitrán.

La primera vez que lo vi, llegó con su familia musical. Recuerdo bien que me miró atentamente y en un momento en que nadie lo veía se acercó y me susurró algo que no alcancé a entender.

Durante todo ese año de 1981 vino con frecuencia a Cuernavaca a tocar dúos , y si bien me parecía demasiado impetuoso, había algo vital y juvenil en su proceder que yo añoraba.

Por eso el día en que Franz le ofreció uno de sus varios violoncello prestado para el concierto que debía tocar la noche siguiente en la Ciudad de México, suspiré entusiasmado cuando me eligió a mi.

Fue en ese concierto de Bocherinni donde realmente lo empecé a conocer.Tenía una manera muy diferente de tocar, con una intensidad, prisa y pasión que en un principio me parecieron excesivas. Se deleitaba en mi registro grave con el éxtasis de un primer amor.

Pero la mañana siguiente, cuando me llevó de regreso a Cuernavaca, sucedió uno de esos hechos que cambian la historia de un hombre, y por ende la mía.

La señora Friedler nos contó que a las nueve horas de la noche anterior, (durante el concierto de Bocherinni) Franz había muerto víctima de un infarto fulminante mientras paseaba a su perro.

Y desde ese momento supe que tenía un nuevo amo…

Lo primero que Alvaro hizo fue quitarme las cuerdas de tripa y ponerme unas…de metal!

Al principio sentí una enorme presión y mi nuevo sonido además de estridente me pareció agresivo y angustiante a la vez.

Sin embargo poco a poco aprendí a relajarme y logré que esa tensión se distribuyera de manera uniforme por todo mi cuerpo.

Pero poco a poco me fui acostumbrando, hasta que un día me sorprendí disfrutando las novedades:

una respuesta rápida y precisa de las cuerdas a cualquier insinuación del arco, un volumen que iba desde el pianissimo mas sutil hasta el fortíssimo mas potente que jamás hubiera experimentado y que me ponía al borde del delirio. Además los armónicos naturales ahora se elevaban puros hacia el infinito, como dicen que lo hacen las almas cuando se van.

Iniciaba así un capítulo más de mi existencia, y totalmente diferente a los anteriores.

Mi vida se iba a llenar de ritmos sincopados, grabaciones digitales, miles de horas de aviones y aeropuertos, y un amo que me trataría muy bien.

Todo este tiempo que llevo compartiendo su vida han sido sin duda el mas agitado de mi larga existencia.

Me ha llevado a parajes tan remotos como Parnu, Wellington, Paisandú, Tel Aviv, Honolulu, Sicilia, Fairbanks, Oviedo y La Serena.

Pero sin duda lo mas fascinante que me ha sucedido en estos años ha sido el Cuarteto Latinoamericano, que me ha permitido explorar un enorme repertorio que me era absolutamente desconocido. Si bien en un principio, considerando mis imperiales antecedentes europeos, la música de América Latina me pareció mas bien salvaje y con frecuencia agresiva, poco a poco me fue conquistando. A diferencia de las músicas europeas aprendí a apreciar en ella su elemento rítmico potente y unificador, como una columna vertebral hecha de tresillos, corcheas y semicorcheas.

Pero es cierto que también he encontrado momentos de profundo lirismo con especiales privilegios hacia el cello, como sucede en los cuartetos de Villa-Lobos o Ginastera. Y obras tan enigmáticas o fascinantes como las de Mario Lavista y Astor Piazzolla o esos cuartetos cubistas y geniales de Silvestre Revueltas.

La verdad es que en todos estos años Alvaro y yo nos hemos llevado muy bien. Han sido tiempos frenéticos, aunque plenos en alegrías y fiestas.

Confieso que me complace ver que pese a haber ya convivido con él por mas de 27 años, sigue aún obsesionado con mis sonidos graves, como un hombre con su primer amor. Lo he acompañado desde la adolescencia hasta verlo convertido en un padre. Y si bien hemos vivido momentos difíciles, puedo sin duda afirmar que hemos sido felices.

Cuantos años nos quedan juntos? y después, cual sera mi siguiente dueño? y mi futuro?

Imposible saberlo.

Mi vida es el sonido, todo lo demás un misterio.

  • guillermo rubio

    Para mi ya no es extraño leer buenos articulos de usted, ese paso inminente del arco a la pluma ya está consumado. Lo imagino ya retirado de los conciertos, atrás de una computadora escribiendo no se qué.Pero eso si… bien. Un respetuoso saludo de su exchofer y amigo suyo y de su familia. Guillermo Rubio.

  • Keren Canche

    mi vida!!! si este artículo fuera música yo hubiese llorado con las armonías que tendría.
    Siempre es bueno saber lo que ha vivido nuestro instrumento… quien siempre nos es fiel.

  • Enrique R. Medina

    muy hermoso… u_u

  • http://cuartetolatimoamericano.com javier montiel

    Bientos mi cuaternarius!

    Que las musas te sigan acompañndo ahora y siempre

    :-)

  • MM

    hermosísimo =)
    Tu instrumento,hoy,es un bello reflejo de lo que guarda tu alma.
    Un fiel compañero