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Requiebros

Álvaro Bitrán/ Foto: Sergio Yazbek / Fuente: www.cuartetolatinoamericano.com

Por Álvaro Bitrán

Una de las pocas ventajas que le encuentro a pasar tantas horas solo en el auto, es el poder oír música de una manera íntima y profunda. Ese puede ser el momento ideal para escuchar con atención (¡y el volumen deseado! ) aquellas obras que han estado esperando su momento con paciencia, o simplemente el de abandonarse a la serendipia de la radio.

Anoche ya tarde, mientras regresaba bajo las luces amarillas y sucias de la Avenida Lázaro Cárdenas, me topé en Radio Nuevo León con mi grabación de Requiebros, una pieza de Gaspar Cassadó que grabé  hace doce años y que aparece en mi CD “Canción sin Palabras”.

Aunque para ser franco, mi relación con Requiebros comienza aún mucho tiempo antes, cuando en mi juventud descubrí en ella un traje a mi medida.

El día que la oí por vez primera, supe que esa obra y yo íbamos a desarrollar una relación de amor importante y duradera. Durante muchos años la toqué con frecuencia y finalmente la grabé, dejando en ella una huella tan efímera como fiel de mi paso por el mundo en ese instante.

Recuerdo muy bien el día en que mi maestro János Starker, comentando telefónicamente el disco, me dijo: “…but what can I tell you about Requiebros?! that is your piece!…”

Requiebros (vocablo que significa piropos, galanterías) es una pieza breve para violoncello y piano, netamente española, con aire de Turina o talvez de Albéniz, llena de garbo, dulzura, virtuosismo, gestos grandilocuentes y recitativos.

Y esta noche, en la larga avenida, oigo en mí al Álvaro del ayer. Aquel lleno de energía, optimista, despreocupado, seguro de sí mismo, con buenas dosis de fantasía y otras más de vanidad. Lo veo con la camisa negra, la nariz inflada apuntando levemente hacia arriba, los ojos cerrados y las cejas cargadas de energía. Una pose llena de sí misma, pero a la vez exacta para el carácter de esa obra. Oigo al ser dulce, pero también al embriagado de sí. Ahí está el carácter español, exacto en su alma sefardita.

Hoy en día esa obra ya no me dice nada. Ha quedado vacía de contenido, cual una vasija otrora llena de vino y hoy rota en el desierto. Reconozco aún a quien la toca y admiro su estilo, aunque desde esta orilla del tiempo lo veo ya con una pizca de desdén.