Inicio | Suscribirse | Log in
levitra abuse

20 discos para una mudanza

20_discos_para_una_mudanzaLos concertistas salvajes

20 discos para una mudanza
Por Emilio Sánchez
Coloco un tramo de cinta canela y sello la última de sesenta cajas de cartón. Aún faltan un par de horas para que amanezca. El camión de mudanzas pasará temprano. Esta es la sexta vez que me cambio de casa en la última década. Al menos en esta ocasión he terminado a tiempo. Quizá ya debería estar habituado. Es cierto que algunas cosas he aprendido desde entonces: como evitar utilizar cajas demasiado grandes que una vez llenas de libros y discos son casi imposibles de cargar, tomarme el tiempo para realizar un pequeño inventario o deshacerme antes de objetos inútiles, aquellos viejos trastos que uno acumula sin razón.

Con todo, por más previsiones que se tomen, tengo la impresión de que en las mudanzas, al igual que en los divorcios, siempre se termina por perder algo. Me dirijo a la cocina y saco una cerveza del refrigerador. Me pregunto qué es lo que se extraviará esta vez. Recargado sobre la barra miro aquellas sesenta cajas que reposan sobre la estancia. Vistas en su conjunto forman una irregular barricada de color marrón que deja casi nulo espacio para circular. Tomo la cerveza y camino hasta topar con la primera torre. Me limpio unas gotas de sudor con la manga de la camisa. He pasado toda la noche embalando parte de mi vida en cajas y bolsas. Me siento a descansar sobre uno de esos cubos de cartón que contienen libros, discos y películas. La escena me recuerda El palacio de la luna (quizá una de las peores novelas de Paul Auster), que narra la historia de Marco Stanley Fogg, un joven estudiante de letras en la Universidad de Columbia, cuyo tío es un fracasado clarinetista (que aunque en la historia no se cuenta, estoy seguro que fue despedido de la Orquesta de Cleveland por el tiránico Georg Szell). Al morir el tío, Marco hereda su biblioteca constituida por algunos miles de libros contenidos en cajas que por un periodo de tiempo agrupa para utilizarlas a manera de muebles. Poco a poco, Marco Stanley Fogg va devorando aquel acervo y vendiendo los libros hasta que el departamento queda vacío, el dinero para pagar la renta se termina y el joven cae en la indigencia. La idea no me parece mala, deshacerme de los pocos muebles que tengo y en su lugar utilizar las cajas apiladas como si se trataran de piezas de Lego, pero lo de vivir a la intemperie no me gusta en lo absoluto.

Me acerco a una de las ventanas y la abro. El viento fresco que precede a la primera claridad inunda el departamento y llena el espacio que antes ocupaban muebles y objetos. Sobre una pequeña mesa metálica de color azul, de esas que son plegables y lo mismo se pueden utilizar en el jardín que en los minúsculos departamentos de la ciudad de México, una pila de discos compactos reposa al lado de un micro-componente Sony. Es lo único que falta por empacar. Los discos están dispuestos en ese lugar sin ninguna razón aparente. Los he venido escuchando a lo largo de la madrugada mientras embalaba los últimos objetos y bebía café.

Guardo en sus empaques algunos compactos dispersos. Me percato que hace rato que el departamento se ha quedado en silencio. Me parece que es la mejor música que le va a ese instante. Vistos así, inertes sobre la mesa, los discos bien a bien cubren sendos periodos de mi vida. En esa maltrecha hilera se encuentran el Disintegration de The Cure, el Violator de Depeche Mode y el Achtung Baby de U2, grabaciones imprescindibles de tres bandas seminales de la década de los años ochenta y principio de los noventa que me alumbraron, como a muchos nacidos en los años setenta, los ya distantes años de adolescencia. También están ahí las maltratadas cajas que contienen anhelados y caros discos de la 4AD… el Home is in your Head de His Name is Alive, el Four Calendar Café de Cocteau Twins, el Into the Labyrinth de Dead Can Dance y el Filigree & Shadow de This Mortal Coil. Escucharlos fue volver a pensar en viejos y entrañables amigos de la preparatoria, algunos de los cuales aún conservo. Con cuánta ansiedad esperábamos la llegada de las producciones más recientes y qué trabajo costaba ahorrar el dinero suficiente para poder pagarlas. Aquellos discos representaron la entrada a un nuevo nivel en la melomanía, producto de la necesidad de acceder a una estética diferente, a nuevos sonidos y poéticas que las tradicionales bandas de rock de los años setenta y ochenta no podían ya proporcionarnos.

Detengo la vista un instante en la antología del Kronos Quartet que Elektra Nonesuch sacó en 1985, ese fue el primer disco que compré en el tianguis del Chopo. Aunque, a decir verdad, se trata de una reimpresión que adquirí años después porque aquel disco del Kronos, sin duda se perdió como muchas cosas más, en alguna mudanza. Aún recuerdo la primera vez que escuché aquella delirante versión de Purple Haze de Jimi Hendrix y el energético Cuarteto Company de Philip Glass.

Doy un sorbo a la cerveza. La lata se conserva fría. Los perros le ladran a algún trasnochador que regresa a casa y el cielo comienza a tornarse púrpura, quizá en honor al siempre joven guitarrista. Recorro más de aquellas entrañables portadas dispuestos como si se tratasen de una baraja. Ahí están el primer disco de los Stone Roses; el A Walk Across the Rooftops de Blue Nile, uno de mis discos favoritos; el Viva Hate de Morrissey, el Jordan the Comeback de Prefab Sprout. Pienso en todos aquellos momentos de mi vida y personas a los que esa música siempre me remitirá; pienso que cuando uno es niño el primer cambio de casa resulta inquietante. La expectativa que produce el apropiarse de un nuevo sitio, de descubrir cada uno de sus rincones y conocer sus características se vuele emocionante. Ya de adultos las mudanzas siempre significan cambios, cambios que a veces nos obligan a replegarnos, a dejar espacios que fueron entrañables y cambiar de locación mientras amaina la tormenta. Otras en cambio son un retorno a casa, en el sentido más amplio de la palabra, como si la vida fuera un tablero en el que se avanza y retrocede sin lógica aparente.

Pienso en plegar la mesa y poner más café mientras llega el camión. Coloco los discos en una bolsa de plástico. Agrupo las cajas, procurando abrir espacio para que los trabajadores de la mudanza puedan maniobrar. Cambio de sitio un par de libreros y al hacerlo se libera un estuche de plástico que había quedado atrapado entre el mueble y la pared. Me agacho para levantarlo. Me cuesta trabajo. Mi mano no puede entrar con facilidad en aquella rendija. Al recogerlo me doy cuenta que se trata del Dibujos animados de Nacha Pop. Me quedo viendo la portada que estaba desdibujada en mi memoria. Saco el disco del estuche roto y lo pongo en el micro-componente.

La mañana comienza a desplegarse. Casi al mismo tiempo que la estancia se va llenando de la primera luz solar, “Grité una noche” suena tenuemente. Pienso en mis primeros años como melómano que transcurrieron mientras me alimentaba de grupos New Wave y del rock en español; recuerdo aquellas mañanas de colegio en las que escuchaba uno o dos discos cuando me preparaba para salir. ¿Cuántos días empezaron con alguna canción de Nacha Pop? No puedo evitar pensar en la muerte de Antonio Vega ocurrida hace unas semanas. Vienen a mi memoria aquellas bandas españolas, argentinas y mexicanas que escuché por primera vez hace unos 25 años, muchas de ellas hoy me parecen básicas y de poca calidad.

De todas, Nacha Pop, Radio Futura y Soda Stereo siguen siendo entrañables para mí y, de manera casi inevitable, regreso a ellas ocasionalmente, ante lo cual no tengo explicación. Vuelvo a ellas por pura nostalgia. ¡Carajo! –pienso-, se murió Antonio Vega y con él algo de aquellas mañanas de adolescencia. Supongo que así es como de a poco, el mundo que conocemos (con todo y sus protagonistas y afectos) va siendo desplazado por otro ajeno e indiferente y en nuestras vidas se van produciendo eso pequeños grandes vacíos hasta que sobreviene la nada. La canción termina y una breve pausa se produce. El timbre del departamento suena. Los hombres de la mudanza están aquí.

Columna publicada en la edición de agosto de 2009 de Music Life Magazine

Comparta con Clásica México su opinión